minientrada EL SECRETO DE HÉROE (PARTE 1)

Me gustaría compartir con vosotr@s un pequeño relato que he escrito recientemente titulado “El secreto del héroe”.
La historia comienza así:

Si dejase opinar a mi conciencia, probablemente me regañaría. Me diría: “¡Deberías venir más a menudo a ver a tu abuela!”. La verdad es que tengo que darle la razón, últimamente no suelo visitarla demasiado. Entre el trabajo, que me quita muchas horas al día, y los niños acabo destrozada y cuando llega el fin de semana lo único que quiero es relajarme. Además, como diría el “diablillo rojo” de mi conciencia, es deprimente ver como alguien tan querido se va deteriorando tan rápido. Y el ambiente decadente que se respira en la residencia… todos esos quejidos que se oyen de vez en cuando de bocas desdentadas y torcidas, todas esas palabras sin sentido de personas que, alguna vez, fueron padres, o madres, o banqueros, o incluso grandes oradores, personas a las que la edad implacablemente les ha caído como una losa, minando su mente. Todo eso me es muy difícil de asimilar por eso lo evito, lo reconozco.

Pero en esa ocasión “necesitaba” hablar con ella, aunque pueda parecer una tontería porque, desde hacía ya varios años no decía una palabra ni reaccionaba ante ningún estímulo, sentada en su eterna silla de ruedas, mirando por la ventana de su cómoda habitación, con esa sonrisa torcida efecto de la parálisis facial, sumergida en el extraño y desconocido mundo del Alzheimer. Aun así tenía que intentarlo, tenía el pálpito de que ella podría desentrañar el misterio. 

Cuando entré en la habitación el sol la iluminaba. Era un día precioso, que alegraba el alma. Parecía como si el olor al desinfectante que enmascaraba el hedor de heces que ya no se pueden contener se hubiera disipado. Allí estaba ella, sentada frente a la ventana con su sonrisa torcida. Me acerqué a su lado, musité un “hola abuela” y le di un beso en la mejilla. Ni se inmutó. Al menos no fui capaz de detectar ningún cambio en su expresión ensoñadora. Acerqué una silla y me senté frente a ella. Tenía tantas cosas que preguntarle pero, absurdamente, de mi boca no salían palabras. Me sentía cohibida, como si no tuviera derecho a meterme en su vida de esa manera. Los minutos pasaron, mi mirada rebuscaba entre la suya un atisbo de brillo… nada. Finalmente me decidí: “Abuela, hoy hace 50 años que el abuelo se fue…” Sus ojos se enfrentaron a los míos con un brillo de recuerdo.

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