minientrada EL SECRETO DEL HÉROE (PARTE 2)

Yo no había nacido cuando mi abuelo murió. El halo de misterio que envolvía a aquel hombre me acompañó durante mi niñez y adolescencia. Recuerdo que íbamos mi madre, mi padre, mi hermano y yo al cementerio todas las semanas. Cuando paseaba por los pasillos flanqueados por filas de nichos miraba a mi madre y a mi padre y me transmitían tranquilidad y paz con una sonrisa. Nunca tuve miedo, ¿por qué iba a tenerlo? No entendía muy bien por qué la gente sollozaba delante de las lápidas, por qué los niños estaban tan serios y compungidos, con esas vestimentas oscuras tan tristes e, incluso, tenebrosas. Me sentía orgullosa y feliz cuando nos agarrábamos de la mano todos frente a la lápida de mi abuelo en silencio y mi madre murmuraba unas palabras de agradecimiento hacia su persona que reconfortaban. En aquella época, mediados de la década de los 80, mi abuelo era un referente en nuestra vida, aunque estuviera muerto hacía tiempo. Realmente nunca supe con certeza qué hizo para ser tan importante para nosotros, mi mente de niña lo asimiló sin hacer las preguntas que, años después aflorarían a la superficie de mi mente madura.

La primera vez que fui consciente de que él estaba cerca yo tendría unos 13 años. Me llamó la atención porque era, desde mi punto de vista de la adolescente, un señor muy alto y extremadamente delgado, de poblado bigote estilo el del Freddy Mercury de la época, con un abrigo gris hasta las pantorrillas que le hacía parecer aún más grande, un “gigante esquelético” (como le dije a una amiga, entre risas, unos días después). Merodeaba, discretamente, con timidez, por las cercanías del nicho del abuelo. Curiosamente, a pesar de la imagen extravagante del hombre, no me dio la sensación de que fuese peligroso en ningún momento. Es más, con el tiempo, pasó de ser un tipo raro a pertenecer al mobiliario del cementerio. Llegó a ser invisible a mis ojos y a los de mi familia. Pero seguiría allí a lo largo de los años, como un reloj suizo, puntual a la cita semanal.

Cuando vi ese brillo en los ojos de un azul marchito de mi abuela el corazón me dio un vuelco. Sólo fue un instante, pero reaccionó. Eso me animó a seguir hablándole.

     —¿Recuerdas abuela? Ya sabes que yo no lo llegué a conocer pero le tengo muy presente en mi vida. No sé muy bien qué pasó, cómo murió…

Hice una pausa porque no podía seguir. La emoción me bloqueaba la garganta. Tomé un pañuelo de papel del bolso y me limpié los ojos humedecidos, manchándolo de rímel. Todo lo sucedido me afectaba más de lo que podría haberme imaginado. Sí, realmente mi abuelo había vivido en mí sin darme yo cuenta, había forjado la persona en que me había convertido; una persona íntegra, altruista. Mi vida era feliz, con un marido y unos hijos estupendos. Y todo eso se lo debía a mi abuelo, lo sentía así. 

La desaparición del “gigante esquelético”, ahora ya encorvado por la edad, había desencadenado toda esa tormenta de sentimientos y emociones, de eso no había duda alguna. Inconscientemente asociaba a ese hombre con mi abuelo, aunque ya hacía muchos años que no me acordaba de él. Seguía perteneciendo al mobiliario del cementerio, ignorado en las sombras. En el fondo notaba su presencia, cada vez que acudía a visitar a mi ilustre abuelo y, de vez en cuando, miraba de soslayo a sus ojos negros y limpios, tranquilos. En lo más interno de mi inconsciente, no concebía ese momento si la compañía lejana y a la vez cercana y, de alguna manera, cálida del hombre. El hecho de su desaparición, unido al 50 aniversario de la muerte de mi abuelo hicieron saltar los resortes de mi curiosidad. ¿Quién era el “gigante esquelético”? ¿Por qué ya no acudía a su cita semanal? 

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