minientrada “503” CAPÍTULO 1

Hola queridos lectores-as.
En  “El secreto del héroe” os insinué que pronto habría más historias… 
¡y aquí están!
Os presento otro de mis relato más recientes, titulado “503”. 
¡Disfrutad del primer capítulo y compartidlo!

503

CAPÍTULO 1

El tímido sonido de nudillos golpeando la puerta de la habitación le despertó. Abrió pesadamente los ojos, medio dormido todavía y, aun sin enfocar del todo la vista, acertó a decir con una voz más grave de lo normal un “¿quién es?”, que realmente sonó algo así como “¿qui… esss?”.

—El desayuno señor.
—Pasa, pasa.

La sirvienta entró. En un primer momento, en parte debido a que su mente no se había desperezado aún y a que la habitación estaba a oscuras, le pareció solo una sombra que pasaba frente a él. La sombra corrió con un movimiento rápido y seco la doble cortina opaca, dejando que la luz inundase la habitación, cegándole por un momento y despertándole del todo. Cuando sus ojos se adaptaron al nuevo nivel lumínico, se incorporó de la cama para apoyar la espalda sobre la almohada y así poder observar la habitación, como si fuese la primera vez que la veía. Los enormes ventanales parecían invitar a zambullirse en las aguas cristalinas del mar que aparecía detrás, no muy lejos. El murmullo de las olas atenuado parcialmente por el vidrio se dejaba oír, creando un ambiente relajado. Enfrente, un muchacho fornido, sentado sobre una cama de matrimonio, envuelto entre sábanas de lino blancas, con una sonrisa de satisfacción, le devolvía la mirada. Definitivamente, era un hombre guapo, sí. La sonrisa se amplió en su reflejo.

Estaba tan absorto en su propia imagen que no reparó en la mujer que tenía de pie a su vera. Tendría ventipocos años, casi su misma edad, de tez morena, ojos negros de largas pestañas, pelo negro liso recogido en una coleta. El traje negro tan elegante no escondía su generosidad de curvas, al contrario, las acentuaba y esa sonrisa tan blanca que contrastaba con su piel oscura la hacía irresistible. Con una delicadeza exquisita, la “diosa de ébano” le sirvió el desayuno en la cama y discretamente se marchó.
Mientras daba cuenta del copioso desayuno, miraba a través de los ventanales con gesto ensoñador.

La melodía del móvil sonó, lo que significaban malas noticias. Simón saltó como un resorte de la cama. El corazón le latía a mil por hora, pensó por un momento que le daría un infarto. Pegó un manotazo nervioso al móvil que tenía en la mesilla y estuvo a punto de tirarlo al suelo. Al tercer intento consiguió descolgar. Tras menos de un minuto de conversación, lanzó el móvil violentamente contra la pared, haciéndolo añicos y, abrazándose a Úrsula, rompieron a llorar en comunión.

El olor a antiséptico penetraba en los pulmones de Simón mientras avanzaba a paso raudo por el pasillo de urgencias. Se sentía mareado y alerta al mismo tiempo, apenas se daba cuenta de que Úrsula caminaba detrás y le hablaba. Ella siempre le hablaba, no paraba de hablarle. Y ahora no estaba para charlas, tenía que encontrar a su hijo. El constante trasiego de personal médico, de batas blancas y verdes y azules, de camillas, algunas vacías, otras con pacientes de aspecto cadavérico, le desorientaba. No sabía a quién preguntar… ¿a los verdes?, ¿a los blancos?… ¡joder!

De repente, en medio de la confusión, oyó cómo su mujer hablaba con alguien a su espalda a mil kilómetros de distancia y notó cómo una mano le agarraba con firmeza del brazo.

      —Ya sé en qué habitación esta, por aquí cariño…

Úrsula dijo algo más, (mucho más) pero él no lo oyó, simplemente se dejó llevar.

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