minientrada “503” CAPÍTULO 2

503

CAPÍTULO 2

Tras enfundarse su camiseta roja de “Ferrari” y sus bermudas blancas “Louis Vuitton”, se calzó sus “Air Jordan”, ajustó la montura de sus “Dolce Gabanna” y salió de la habitación. La locura invadió el pasillo del hotel. Voces masculinas y femeninas coreaban su nombre, dos mujeres jóvenes y hermosas de minúsculo bikini y espectacular sonrisa se amarraron a sus fibrosos brazos, acompañándole a la mayor fiesta de recibimiento que jamás hubiera experimentado. La gente se apiñaba a su alrededor de tal manera que le costaba avanzar por el pasillo hasta llegar al ascensor. Se sentía el rey del mundo, una sensación única como él…único. Sus ojos azules, escondidos tras las lentes tintadas, brillaban de emoción y de excitación.

 

Tras cruzar la puerta principal del hotel, una idílica postal paradisiaca se mostraba ante sus ojos, compuesta por tres franjas de color: la superior, el cielo azul sin atisbo de nubes con el sol radiante gobernando; la central, el mar en calma azul turquesa con pequeños retazos de verde y la inferior, el amarillo de la arena de la playa que contrastaba con los cuerpos morenos de jóvenes musculosos jugando al fútbol muy cerca de la orilla, con las hamacas blancas con sus correspondientes parasoles rojos, formando una línea perfecta. En alguna de las hamacas, se bronceaban las pieles de hermosas mujeres con pamelas, sorbiendo un elaborado coctel con pajita, unas charlando animadamente, otras simplemente absorbiendo los rayos generosos del sol en su piel, ya de por si bronceada.

 

Cuando apoyó el primer pie sobre la tibia arena, los jóvenes deportistas pausaron por un momento su partido, las mujeres con pamela dejaron de sorber, las tertulias cesaron y todos al unísono se giraron hacia él y le vitorearon. La sensación de euforia era increíblemente potente cuando unos recios brazos le alzaron en volandas mientras la gente formaba un corro a su lado y aplaudía. Él saludaba a la gente desde las alturas, como si fuera 50 cent después de un concierto, disfrutando de la brisa que le acariciaba la cara, mientras se dejaba llevar hasta la carpa azul, en pleno centro de la playa… “su” playa.

 

La carpa azul del glamour le impresionó. A un lado, una larga barra donde apuestos camareros mostraban sus habilidades acrobáticas preparando exclusivos cócteles para gente exclusiva. Al otro lado, otra larga barra donde esculturales camareras servían bebidas con la mejor de sus sonrisas. En el centro una zona de baile, donde los cuerpos se contorneaban ligeros de ropa al compás de la música sensual, rozándose casualmente con la persona que, en ese momento, estaba al lado y al fondo el DJ concentrado en crear ese ambiente de ensueño. De repente, la voz grave del DJ resonó por megafonía: “¡ARRIIIIIIIBAAAAAAAAAAA!”. La euforia general se desató. Sin saber cómo, se encontró en medio de la pista, uno más entre el gentío apiñado. Era una de las partes que formaban un “todo” de brazos levantados y pieles sudorosas. Envuelto entre flashes de luz cambiante, ahora blanca, luego verde, luego roja… le provocaban una sensación de éxtasis y se dejó llevar por la locura de ese “todo”. El “todo” saltaba alocadamente, al compás de la música tecno, un sonido incesante, rítmico, machacón…

 

Todo le parecía más brillante, más nítido, se sentía como si se hubiera tomado alguna droga alucinógena, por Dios santo. Mientras tiraba de su marido hacia la habitación, no paraba de autoconvencerse de que su niño no podía estar postrado en esa cama, seguro que era un error. Dios no le castigaría de esa manera… a ella no. Ella, que acudía religiosamente a la misa del domingo cada semana… Religiosamente, nunca mejor dicho… El acceso de risa enloquecida hizo que algún personal médico de bata verde girase la cabeza con aire suspicaz para, acto seguido, seguir con sus asuntos.

 

Ahora sí que conocía el infierno en primera persona. Ni en sus peores pesadillas podría haberse imaginado algo así. Ahí estaba, era cierto. Su hijo, su querido hijo tumbado en la cama, pálido, ojeroso, la cara horriblemente deformada, rodeado de tubos y cables que le mantenían con vida, o al menos eso parecía. El sonido quejumbroso del respirador le taladraba los oídos. Apenas fue consciente de que Úrsula le abrazaba, empapando de lágrimas su jersey. Mantenerse en pie era toda una odisea, las piernas le temblaban incontroladamente, pero no podía moverse. La visión de su hijo, la persona más importante de su vida, por la que se deslomaba día tras día para darle el porvenir que se merecía, debatiéndose entre la vida y la muerte era demasiado para él. Al final el dolor pudo más que el orgullo y lloró como nunca lo había hecho, mientras el pitido incesante, rítmico y machacón del monitor de constantes vitales, sonaba de fondo, a lo suyo, como ajeno a la escena.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s