minientrada “503” CAPÍTULO 3

503

CAPÍTULO 3

 

Si alguien le preguntase cuánto tiempo llevaba en el hotel alojado sería incapaz de contestar. Podrían ser desde unos pocos días a varias semanas, no tenía ni idea, y no le importaba. Su vida era perfecta, rodeada de lujo y diversión. La gente a su alrededor atendía siempre con una sonrisa todos sus deseos, hasta el más ínfimo y eso era fantástico. Cada mañana, la “diosa de ébano” le llevaba el desayuno a la cama y se iba con su sonrisa blanca. Después el día le pertenecía por completo.

 

     —¡Venga, un poco más! ¡Ya casi lo tienes!

 

Las palabras del monitor parecieron insuflarle un plus de fuerza que creía que no tenía, consiguiendo realizar la última repetición de la máquina de press-banca. El sudor cubría su cara y su pecho, sentía la sensación agradable de los músculos recién ejercitados, rellenando su cavidad torácica. Se mantuvo unos instantes tumbado en la banca, respirando profundamente.

 

     —¡Otra vez! ¡Vamos!

 

El musculoso monitor le miraba desde las alturas desafiante, con una sonrisa de complicidad. Todavía sin recuperarse, agarró de nuevo la barra, inspiró hondo y aplico la fuerza que le quedaba. Sitio como todos los músculos superiores de su cuerpo se tensaban. Lentamente la barra iba subiendo, sus brazos temblaban ligeramente por el esfuerzo, apretando inconscientemente los dientes. El monitor, preparado para agarrar la barra en caso de que no pudiese levantarla, le daba confianza. Ya le quedaba muy poco para completar la repetición. Repentinamente, sus fosas nasales detectaron un olor totalmente ajeno al olor a sudor predominante y, por otra parte, lógico de la estancia. Un olor que no tenía sentido en ese contexto. Un olor familiar. Eso le desconcentro y a punto estuvo de aplastarse el pecho con la barra. El monitor reaccionó al instante, sujetándola con firmeza y colgándola en los anclajes con facilidad.

 

     —¿Estás bien?… Quizás te he metido mucha caña, descansa un rato.

 

Su pecho subía y bajaba con celeridad mientras salía del gimnasio, no solo por el ejercicio realizado. Necesitaba tomar aire, la brisa del mar le vendría bien. Ya en la playa solitaria se sentó sobre la arena. Alguna nube negra surcaba el cielo azul y las olas iban y venían más animadas que de costumbre. Sintió frío y se abrazó a sí mismo escudriñando el horizonte como buscando las respuestas a las preguntas que aún no se había planteado. Le asustaba la reacción que había tenido ante ese olor. En realidad no era un olor nauseabundo en absoluto, era un olor agradable, en cierto modo evocador. Pero… ¿evocador de qué? Moviendo la cabeza como diciendo un no resignado, se incorporó y volvió al gimnasio. La nube negra pasó de largo, dejando el cielo azul impoluto.

 

Úrsula observaba el rictus sereno de su hijo intentando buscar en vano algún gesto o mueca en su cara. Desde que ocurrió el accidente, hacia dos semanas, no se apartaba de su lado, atenta a cualquier sonido que saliese de su boca, a cualquier movimiento, por ínfimo que fuera, a cualquier tic… lo que sea. A veces, le parecía que movía un dedo del pie o de la mano e, inmediatamente, llamaba a la enfermera de turno. Invariablemente le decía, con buenas palabras, que tenía que aceptarlo, que no despertaría. No podía aceptarlo. Era una prueba que Dios le enviaba con algún propósito, estaba segura. Su fe le aseguraba que pronto se recuperaría, que volverían a ser la familia unida y feliz que siempre habían sido, aunque últimamente no pasaban por un buen momento económico.

 

La jornada había sido muy dura y Simón estaba cansado. Era el primer día de trabajo después de la tragedia. Su mente, todavía en shock, no estaba preparada para la rutina laboral, pero necesitaba el dinero, ahora más que nunca. Ya no contrataban a su mujer porque apenas quedaban libros que traducir y con sólo un sueldo y las dos hipotecas, llegaban justos a final de mes. De momento, el proyecto de la construcción del polideportivo le aseguraba trabajo para unos cuantos meses y el sueldo era bastante alto. Eso sí, no se lo regalaban, ni mucho menos.

 

La máquina ronroneaba hasta que el ansiado pitido le indico que ya estaba listo para retirar. El tacto del plástico caliente que quemaba ligeramente sus dedos, el aroma característico del café que penetraba en su nariz, le hacían sentir que podría soportar otra dura jornada de vigilia y espera, vigilia de alguien inerte, espera de algo que nunca ocurriría. Ya ni siquiera su momento cafetero le animaba, se sentía un anciano a sus 50 años, mientras caminaba por el pasillo hacia la 503, con el vaso entre el pulgar y el índice, ya habituados a la temperatura.

 

Sabía que no acabaría bien. Demasiado coche para un crío. Simón removió cielo y tierra, contactó con amigos y no tan amigos, llamadas de teléfono a Alemania… Al final consiguió un capricho que les ha costado muy caro; su hijo al borde de la muerte y una hipoteca absurda a añadir a la del adosado. Debía de tener la cara encendida porque las enfermeras le miraban con gesto preocupado a pasar a su lado. Respiro hondo para intentar calmarse y entro en la 503.

 

     —¿Cómo está?

     —Mejor cariño —mintió Úrsula.

 

Observó cómo Simón se sentaba pesadamente en la silla de acompañantes situada a la derecha de la cama con su eterno vaso de café en la mano. Se le veía abatido y agotado. Sintió mucha pena por él. Le habría gustado abrazarle pero no creyó que a él le hiciese gracia. Podría ser muy tosco si se lo proponía, así que opto por sentarse a su lado en silencio, alternando la mirada entre su hijo y su marido. El aroma del mediocre café de maquina inundaba la atmósfera de la habitación.

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