minientrada “503” CAPÍTULO 4

503

CAPÍTULO 4

El sudor perlaba su ya morena piel, atento al pase. Estiró su pie descalzo, haciendo volar algunos granos de arena que chocaron contra la pierna de su rival, interceptando el balón, demostrando unos reflejos felinos. Alzando la cabeza con altivez, evaluó la situación y tomó la decisión adecuada. Con un toque de empeine certero, elevó el balón por encima de la defensa, yendo a caer a los pies del compañero que estaba mejor colocado, el cuál sólo tuvo que empujarlo suavemente. ¡Gol! El equipo se fundió en un abrazo colosal, amenizado por palmadas vigorosas en la espalda y choques de manos bajo el sol agonizante de la tarde. Si, en ese momento, un ojeador anónimo se le hubiera acercado y le hubiera dicho: “¡eh chaval! ¿Te interesa un contrato con el Real Madrid como medio centro?”, no le habría extrañado en absoluto. Fue una jugada sensacional, sin duda, digna de un crack como él.

El partido avanzaba y su equipo ganaba por la mínima. La tensión iba creciendo competitiva y sana entre los jugadores, cosa que le motivaba. Un partido entre amigos con el mar de fondo, descargando adrenalina y enviando señales de testosterona a la multitud de alegres féminas que rodeaban la cancha improvisada en ese paraíso, le hacía olvidar cualquier rastro de duda que hubiera tenido desde que estaba allí. Faltaba poco para terminar cuando, en un lance sin relevancia del juego, un compañero de equipo recibió una tremenda patada de uno de los defensas del equipo contrario. La violencia del golpe hizo caer de bruces al muchacho, cubriéndose la cara de arena y tragándose parte de ella. La mueca de dolor y sorpresa era indescriptible.

     —¡Pero qué haces! ¿Estás loco? —le gritó, en apoyo a su maltrecho compañero.

La mirada furibunda que el defensa agresor le lanzó fue como si una aguja se hubiera clavado en la zona de su cerebro donde se aloja la ira, activándola. Hizo ademán de abalanzarse absurda y ciegamente sobre él, cuando se dio cuenta de que no sería una buena idea. Todos los jugadores se miraban unos a otros con hielo en los ojos. Si hubiera tenido una tijera en la mano, podría haber cortado el ambiente tenso que se estaba creando. El silencio le pareció eterno. Incluso las olas del mar daban la impresión de haberse detenido y la brisa dejaba de ser brisa para pasar a ser otra cosa, ese aroma evocador. Dejando de lado, no sin esfuerzo, la extraña mezcla de ira y miedo que sentía, levantó las manos con las palmas al frente y esbozó una sonrisa que pretendía ser pacificadora. Surtió efecto, la violencia latente tal como vino se fue.
El partido se dio por terminado. Unos cuantos chicos de su mismo equipo y alguno del otro ayudaron a que el malogrado se levantase. Todo volvía a ser normal y el rencor había desaparecido por completo. Todos volvían a ser amigos. Las olas volvían a moverse con su ritmo imparable. La brisa volvía a ser brisa.

Después de todo no era tan incómoda la silla, quizá se llegase a acostumbrar. Miró el reloj del móvil, las siete y cinco. Había llegado muy pronto, a pesar del agobiante tráfico de la ciudad a estas horas, todos saliendo del trabajo a la vez.  Se acomodó lo mejor que pudo, su primera noche iba a ser larga. Úrsula le insistió, por activa y por pasiva, que se  fuera a dormir a casa, que a ella no le importaba quedarse, que él había tenido una semana muy dura y necesitaba descansar. Ella tenía razón, como siempre, pero se mantuvo firme y no cedió. Bastante tenía ya con un hijo en coma para que su mujer enfermase también. Aunque lo más probable es que fuese él quien cayera enfermo con el ritmo de vida que llevaba últimamente. Con una mueca de desdén que nadie vio, tomó un sorbo de café. Algún día tendría que traer una máquina de esas de capsulas que anuncia George Clooney porque si no iba a acabar con el estómago hecho polvo. Bebió otro sorbo de café y se sintió mejor. A veces llegaba a pensar que si no fuera por el placer de tomarse ese café, su vida no tendría sentido e inmediatamente desechaba esa tontería de su cabeza.

Mientras se levantaba para coger del armario la manta tan necesaria, escuchó una música desconocida que le sorprendió. Sonaba a esas canciones modernas que solían oír los jóvenes, rap o algo así.

     —Pero qué coño…

Giró la cabeza de un lado a otro con brusquedad, buscando el origen de tamaña aberración. Encontró el móvil parpadeante e inquieto de su hijo en el primer cajón de la cómoda de color blanco, a juego con el color de la habitación. Se lo quedo mirando como atontado por unos instantes, mientras el aparato le invitaba a atender la llamada. Ya no se acordaba ni por asomo de ese móvil y por un momento le pareció una desfachatez contestar, como si ese hecho mancillase la intimidad de su hijo. Dirigió la mirada hacia él, como pidiéndole un permiso que nunca le daría y descolgó.

Poco más de 5 minutos después pulsó el botón rojo de colgar y guardó el móvil en el cajón. Nunca había sido muy creyente, a pesar de llevar tantos años con Úrsula pero, después de aquello, perdió la poca fe en Dios que le quedaba. Su cara ardía de furia. Se imaginaba agarrando el gaznate del meapilas que acababa de llamar. Se imaginaba dándole un puñetazo en la cara, que es lo que se merecía. A quién se le ocurre ofrecer al chaval un trabajo como ese “ahora”. ¿No podía haberlo hecho antes? Un mes antes, sólo un mes antes. Lanzó una mirada retadora al falso techo, pidiendo explicaciones a Dios, al destino o a Belcebú, le daba igual. Alguien tendría que responder ante tamaña injusticia. Con la cabeza palpitante y la respiración agitada, se sentó en la silla de acompañantes y bebió mecánicamente el último sorbo del café ya frío. Se calmó. Ya no le apetecía romper la cara del meapilas. Al fin y al cabo no tenía la culpa de que su hijo no pudiera firmar ese contrato. Es más, lo hubiera dado todo porque fuese capaz de “agarrar” el bolígrafo. Su boca se torció formando una sarcástica sonrisa mientras una lágrima rodaba por su mejilla.

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