minientrada “503” CAPÍTULO 5

503

CAPÍTULO 5

Aquella mañana la “diosa de ébano” todavía no había llamado a la puerta cuando se despertó algo inquieto. Era una sensación que no experimentaba desde el día aquel del gimnasio, hacía ya varias semanas. Su vida era maravillosa, él conseguía, con solo chascar los dedos, lo que cualquier joven ni siquiera soñaba. Pero ese día amanecía distinto, no solo por el hecho de que se hubiera despertado antes, había algo más. Este sentimiento se afianzo cuando entró la “diosa de ébano” repentinamente, sin su clásico “toc, toc”. Masculló un “buenos días” seco, realizo sus tareas y se marchó.

Observó por el ventanal el oleaje furioso del mar y el cielo grisáceo. Sin razón aparente, su estómago dio un vuelco, sensación muy parecida a la que experimenta un adolescente enamorado cuando se cruza fortuitamente con su amada, y su garganta se estrechó por una congoja inexplicable. Tenía unas ganas terribles de llorar, mientras el tiempo afuera empeoraba. ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué se sentía tan mal? Aquello no tenía sentido, era feliz… ¿lo era? Por primera vez se sintió como un extraño, como si no debiera estar allí, en ese hotel tan lujoso. Le daba la terrible impresión de que esa vida no era la suya. Mecánicamente se pasó el dorso de la mano por la mejilla para secarse una lágrima furtiva. A cámara lenta se levantó de la cama y se enfrentó al ventanal. El repiqueteo continuo de la lluvia golpeando el cristal no le animaba en absoluto. No pudo aguantar más y rompió a llorar cuando, misteriosamente como aquel día en el gimnasio y aquel otro día del partido en la playa, volvió a inspirar ese olor, ese aroma…

Su fe empezaba a flaquear. Comenzaba a dudar seriamente si Dios escucharía sus plegarias. El tiempo pasaba, silencioso, implacable, lineal. La situación seguía siendo la misma. Parecía que, a raíz del accidente, hubieran entrado en un bucle sin salida. Le vino a la mente aquella película tan absurda, ¿cómo se llamaba?… el día de la mascota o algo así, donde un tipo revivía el mismo día una y otra vez ¡Cuánto le gustaba a su hijo! Podía oír con claridad las carcajadas hilarantes del pequeño, podía ver aquellos ojos azules llorando de risa, mientras retozaba sobre la alfombra del salón. Y ahora se sentía como la actriz secundaria de la versión más dramática y triste de la película. En un impulso se arrodillo junto a la cama, tomó la mano inútil de su hijo con las dos manos y rezó, rezó y lloró ante la ausente mirada de su marido sentado en la silla de acompañantes, sorbiendo su mediocre café aún humeante.

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