minientrada “503” CAPÍTULO 6

503

CAPÍTULO 6

La sirvienta hoy sí que había seguido la rutina; había llamado a la puerta, había corrido las cortinas, le había servido el desayuno con una sonrisa… Pero daba la impresión de que hoy no era tan “diosa de ébano”, no sabía exactamente por qué. Quizás por su mirada distante. Su sonrisa, otras veces tan cándida y expresiva, parecía pintada en la cara. A decir verdad, también él se sentía así, como el personaje de un cuadro de Picasso, abstracto y estático. Le invadía una especie de nostalgia.

La playa estaba desierta, el mar en calma, algunos cirrocúmulos adornaban el cielo. Le apetecía sentarse en la playa frente al mar y así lo hizo. El murmullo de las olas le arrullaba, la visión del horizonte lejano, inalcanzable, relajaba sus ojos. Todas las ideas que pasaban por su mente iban cada vez más despacio, más despacio, en cámara lenta. Cerró los ojos y se entregó a la paz. Sus sentidos estaban activados y, a la vez, adormilados. Notaba la plenitud.
En ese estado de relax, notó un hormigueo en la ingle. No le dio importancia en un primer momento, pero el hormigueo crecía. Crecía tanto que se estaba convirtiendo en algo parecido a la excitación sexual. Su pene palpitaba, aumentando poco a poco de tamaño. ¡Estaba teniendo una erección! Pesadamente se incorporó, separando con los dedos ligeramente la goma del bañador para observar, incrédulo, cómo su pene se convertía en una roca. ¿Qué posibilidades había de que, en un estado de relajación como el que se encontraba, se excitase sexualmente? Ya no pudo pensar más, la excitación aumentaba, la mente empezaba a nublarse, la visión se estaba enfocando en un punto en el infinito del orgasmo inminente. Y se dejó llevar por su instinto animal, masturbándose en mitad de su playa vacía.

—¡Buenos díaaaas! Hermosa mañana ¿verdad?… ¡Hoy estas más guapo de lo normal! ¿Qué te has hecho en el pelo?
La enfermera reía y le guiñaba un ojo, pasando por alto que el joven postrado en la cama ni se inmutara ante su coqueteo. Corrió las cortinas, permitiendo que la luz iluminara con fuerza la habitación, cosa que hizo entrecerrar los ojos a Úrsula, medio dormida en la silla de acompañantes. Con una sonrisa encantadora y juvenil se giró hacia ella invitándola educadamente a que esperase fuera unos minutos.

Una vez conseguida la privacidad requerida, la enfermera se colocó los guantes de látex, retiro la sabana que cubría el cuerpo del muchacho, le quitó el fino camisón delicadamente pero con firmeza, tomó una esponja húmeda y procedió a limpiarle los genitales con suavidad, sin dejar de bromear sobre lo guapo y macizo que estaba, ignorando la nula reacción ante sus palabras y roces. Cuando la zona estaba limpia y seca, abrazó el cuerpo, sin que su alegre perorata decayese, y lo giró con técnica y considerable fuerza, dejando acceso a la parte posterior. Tras limpiar concienzudamente los glúteos, el ano y la zona perineal del joven, le puso el camisón, lo volvió a colocar a su posición inicial con maestría y, soplándole un beso desde su mano, salió de la 503.

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