imagen MICRORRELATO: “Holocausto”

Se habían tomado la molestia de acomodar la estancia para la ocasión, cosa que Sam agradecía. En el centro, un sofá donde estaba sentada Tina. Frente al sofá,  la Sra. Berguel sentada en su silla de ejecutivo. Ambas se giraron y le taladraron con la mirada en cuanto atravesó el umbral de la puerta. Un escalofrío recorrió la espalda de Sam. Se sentía como un mono de feria al pasar en calzoncillos por delante de las mujeres. Con paso inseguro, sin mirarlas, se sentó en el sofá, al lado de Tina, que ya estaba preparada. Sam sudaba, aunque la temperatura no era nada confortable desde que ocurrió el apagón. Apenas veía la cara de Tina, las luces de emergencia no daban para más, pero se podía entrever que estaba en ropa interior. Se abrazaba a sí misma, meciéndose como una niña, tiritando y mirando a Sam con impaciencia. En ese momento Sam pensó que muchos hombres darían una fortuna por estar en su piel, que estarían encantados de hacer el “esfuerzo” que él estaba a punto de hacer. “Por la humanidad, lo que sea”  se imaginaba que pensarían. Una mueca imperceptible asomó en su boca, ¡qué ironía!

Nadie sabía qué hacer en los primeros días después del holocausto, ni siquiera la Sra. Berguel. Por fortuna, consiguieron bajar al sótano, habilitado como la zona de protección nuclear del complejo antes de que  las compuertas se cerraran herméticamente, el sistema de seguridad biológica calcinara todos los cultivos e instrumental y perecieran allí sin remedio.

Después de varios intentos fallidos de comunicación con el exterior, dieron por sentado que no quedaba ser humano alguno en centenares de kilómetros a la redonda. El oxígeno de la zona de protección no duraría demasiado, así como los grupos de emergencia que suministraban la luz y el agua. Con suerte resistirían un par de años, y luego ¿qué? Aquellas tres personas, la directora recia e implacable de una de las empresas más importantes del mundo en bio-tecnología, una joven y brillante bióloga y el hijo casi adolescente de un senador accionista del complejo que, aquel fatídico, día pasaba por allí de visita, tenían en sus manos el futuro de la humanidad. Tras numerosas reuniones tensas y duras, se llegó a la conclusión de que su deber moral era asegurar la continuidad de la especie. Por tanto, debían encontrar la manera de fecundar a una de las mujeres con el único hombre que quedaba: Sam. Sólo había un modo, dadas las circunstancias: la fecundación de manera natural. La opción de acceder a los pisos superiores donde podrían buscar algún tipo de instrumental que les pudiese servir para sus propósitos de fecundación fue descartada de inmediato. El sistema de seguridad bloquearía la salida de la zona de protección mientras las condiciones ambientales no fueran adecuadas para la vida. Y no lo eran, ni lo serían en mucho tiempo. Además, era muy probable que sólo encontrasen ceniza, de todas maneras.

Sam llevaba meses mentalizándose de que lo que iba a hacer era necesario. No iba a ser nada fácil para él, dada su condición. Y, bajo la mirada fría de la Sra. Berguel, quiso desear a Tina, tan cerca de él que podía sentir en su propia piel el cosquilleo del aliento helado de la joven. Seguía temblando de frío y Sam, en un impulso fraternal, la abrazó. Tina, la elegida para la continuidad de la especie… No en vano era la más joven de las dos, inteligente, sin enfermedades conocidas. La que tenía más posibilidades de engendrar un vástago sano.

La voz neutra y seca de la Sra. Berguel incitándole a comenzar el acto le puso aún más nervioso. Sabía que debía estar presente como observadora, así lo habían pactado. Nadie se fiaba de nadie y se jugaban mucho. Un error los llevaría al abismo. El lo entendía. Aún así no podía concentrarse y la actitud de Tina tampoco ayudaba. Inspiró hondo y comenzó a acariciar la pierna de Tina, imaginando que era la de su novio Bob. Consiguió una inesperada erección.

Mientras Sam penetraba a Tina, en su mente veía la espalda de Bob. La penumbra del lugar impidió que la espectadora se diese cuenta de que Sam lloraba. El silencio, mezclado con los jadeos esporádicos de Tina, inundó la sala.

Epílogo

Las compuertas se abrieron. Tina, un poco atemorizada, salió al exterior. La ceguera que le produjo el sol radiante del nuevo amanecer le llenó de energía y una ráfaga de optimismo inundó su ser. El oxígeno estaba de vuelta otra vez. Sonriendo, se acarició el vientre abultado y comenzó a caminar confiada, mientras una voz desconocida, apenas audible debido a la mala cobertura, se oía por la emisora de radio que llevaba consigo.

4 comentarios

  1. ¡Gracias Armando!

    Me encanta saber que mis historias gustan a quien las lee. Ése es uno de los objetivos de todo escritor que se precie. Y si, además, consigo que el lector o lectora saque el jugo que hay escondido dentro de cada una de ellas… ¡miel sobre hojuelas!

    ¡Un abrazo artista!

    NOTA: las musas no tienen vacaciones, como tu bien sabes. 😉

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  2. Pues sí, es una gran historia con buenas dosis de intriga y emoción, situada en un contexto sumamente original e interesante.
    Enhorabuena por este microrrelato y por tus últimas entradas que hoy he estado leyendo y que me parecen estupendas. Veo que las musas siguen trabajando en el verano…
    Un abrazo

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  3. ¡Qué ingenioso guión, qué situación más desalentadora y agobiante, sobre todo, para los muchachos, en especial, Sam. y despues, el final, sorprendente porque no lo esperas.
    Genial, leído con enorme interés. Comparto.
    Un abrazo

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