¡Sorpresa, sorpresa!

Escribo este texto en primavera, época en la que los niños suelen tomar la Primera Comunión, ritual católico y tradición arraigada en el territorio donde vivo. Tras la liturgia correspondiente, donde los niños reciben el Cuerpo y la Sangre de Cristo, según el rito católico para el cual se han estado preparando durante horas de asistencia a Catequesis, los comulgantes disfrutan de una gran fiesta repleta de otros niños con los que juegan, de los padres de esos niños que asisten gustosos al convite y de familiares del mencionado comulgante. Todo es idílico y fantástico, todos disfrutan del día en buena lid.

Todos menos los comulgantes.

No hace mucho asistí a uno de estos acontecimientos y descubrí algo que me heló la sangre: el gesto de la comulgante (era una niña) al abrir los regalos que le habíamos llevado se mantuvo impertérrito, parecía como si el tema no fuese con ella.

Esa actitud me hizo cuestionar varias cosas: ¿para qué se hacen regalos que no emocionan?, ¿a los niños ya no se les puede sorprender?, ¿la emoción se está extinguiendo?, ¿estamos creando futuros adultos insensibles?

Hace tres o cuatro décadas, los que éramos niños entonces, esperábamos con impaciencia los días señalados, como por ejemplo el de la Primera Comunión que acabo de comentar, con ansiedad, porque sabíamos que “algo nos iba a caer”, pero desconocíamos qué y cuando desenvolvíamos el paquete lo hacíamos con avidez, deseosos de descubrir qué se escondía debajo de ese embalaje tan colorido. Con independencia del valor monetario del regalo, teníamos la capacidad de valorar la intención del regalo y lo agradecíamos de corazón.

Aquella era una sensación muy bonita, muy humana, tanto para el receptor como para el donador del regalo.

Llegados a este punto yo me pregunto: ¿los niños de hoy en día conocen esa sensación, conocen la sensación del millón de mariposas volando todas a la vez dentro del estómago? A juzgar por lo que te acabo de contar, no lo parece. ¿Qué ha pasado?, ¿por qué no disfrutan de los regalos?, ¿tal vez porque reciben tantos que ya no los valoran? Es posible. ¿O quizás la razón estriba en que ellos ya saben de antemano lo que van a recibir? También es posible. Y la pregunta del millón, escalofriante sin duda: ¿estamos los adultos deshumanizando a los niños, llenándolos de regalos que no les motivan?, ¿para qué hacemos eso?, ¿para alimentar nuestro propio ego a costa de anular poco a poco la sensibilidad de nuestros niños?

Esta sociedad enferma ha creado la norma no escrita de saturar a los niños de cosas inútiles, que no les motivan, ni les aportan conocimiento valioso, ni les sorprenden, cosas que solo sirven para regocijo del adulto, para afianzar su estatus ante los demás adultos, para ensalzar su ego de adulto.

Tal vez ya va siendo hora de regalar menos y sorprender más.


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2 comentarios sobre “¡Sorpresa, sorpresa!

  1. Hoy en día no se hace la comunión por creer y tener fé, hoy se hace para aparentar y hacer una fiesta que parece una boda. Los niños tienen hartazgo de todo, ya que, nada les falta. Por otro lado están tan protegidos que se han convertido en pequeños tiranos que exigen lo que desean. Para ellos es otro día en el que son protagonistas.
    Me ha gustado mucho el post.
    Un saludo.

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