¿Para qué serviremos los humanos cuando la IA lo haga todo?

¿Te acuerdas de aquel pequeño robot de ojos saltones tan majete, que se dedicaba a gestionar los residuos que el ser humano había acumulado durante años? El personaje al que me estoy refiriendo no es ni más ni menos que Wall-E, el protagonista de la película de animación homónima de Pixar, estrenada en 2009. Una película a un tiempo tierna y dura, ambientada en una sociedad del futuro, donde los seres humanos han pasado a ser algo parecido a masas informes, orondas e inservibles, postradas en sillones y alimentadas por un batallón de robots dotados de Inteligencia Artificial (IA). Si no la has visto, te la recomiendo, no tiene desperdicio entre tanto desperdicio (nótese la ironía).

Tal vez pienses, “¡Qué exagerado! ¡Eso no va a pasar! ¡Solo es una película de ciencia ficción!”.

Sí, lo es.

Pero también fue ficción en su momento “De la tierra a la luna”, de Julio Verne, publicada en 1865 y ciento cuatro años después, los estadounidenses se proclamaron como los primeros seres humanos en pisar nuestro querido satélite. Solo piensa que si tu bisabuelo, por causas desconocidas, volviese a existir en la actualidad, se moriría de nuevo al ver a miles de personas hablándole a un aparato rectangular de medio centímetro de grosor. Su mente explotaría, a buen seguro. Si seguimos la lógica, ¿quién nos dice que no vivamos en una sociedad similar a la que se nos presenta en la película “Wall-E” dentro de unas pocas décadas?

Un indicativo de que por ahí van los tiros se encuentra en los avances dentro de las investigaciones en el campo de la IA, la Inteligencia Artificial. La IA no consiste solo en ampliar el poder computacional de una máquina para hacer cálculos cada vez más complejos cada vez más rápido. Va mucho más allá. Se pretende conseguir (o quizás ya se haya conseguido) que las máquinas tomen decisiones lógicas, que resuelvan problemas sin la intervención humana  e incluso que aprendan por sí mismas. Mientras no toquen el tema emocional, todo bien, pero… ¿qué pasará cuando tengan emociones y sentimientos? ¿Qué pasará cuando adquieran conciencia de sí mismas?

robot con conciencia

A día de hoy se está investigando en el campo de la IA y se están consiguiendo avances increíbles. Ya existen tecnologías capaces de, a partir de un texto introductorio al azar, desarrollar una historia con su trama y desenlace, construida con frases semánticamente correctas, bien estructuradas, congruentes y, por si fuera poco, con ciertas dosis de lo que podríamos considerar “imaginación”.

Y eso no es todo, también se están investigando tecnologías capaces de traducir textos de un idioma a otro, hacer resúmenes de textos extensos y  responder preguntas relacionadas con un texto previo, todo ello de forma automática, sin ninguna tipo de acción humana, algo impensable hace solo una década.

¿A dónde nos lleva todo esto? ¿Vamos a acabar postrados en un sillón, comiendo hamburguesas y bebiendo refrescos, mientras los robots nos limpian el culo, emulando el mundo distópico de Wall-E? ¿O quizás nos fusionemos con ellas, pasando a ser humanos 2.0? ¿O tal vez convivamos en prefecta armonía?

La IA nos va a facilitar la vida a un nivel inimaginable, pero ¿para qué necesitamos que la vida sea tan fácil? ¿Qué sentido tendrá existir, si no vamos a tener ningún aliciente, ninguna traba que fuerce a nuestra mente y nuestro corazón a buscar opciones?

Por otro lado, ¿podremos controlar, de alguna manera, el proceso de avance de la IA o será ella, en el futuro, quién nos controle a nosotros?

Tal vez ya lo esté haciendo.

terminator


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¡Quiero cometer errores!

¡Quiero cometer errores!

¡Quiero equivocarme sin que la gente me mire extrañada, como si tuviese monos en la cara!

¡No quiero sentirme frustrado cuando hago algo que se sale de lo que se establece como correcto según unas normas no escritas grabadas en el inconsciente colectivo!

¡No quiero pasarme la vida obsesionado por alcanzar una perfección ilusoria, que nunca llega!

¡Quiero cometer errores!

¡Quiero cometer errores!

Desde que asomamos la cabeza por la vagina de nuestra madre nos han enseñado que errar es malo, algo que se debe evitar a toda costa. Si te caías en el parque jugando con otros niños, te reprochaban porque te ibas a manchar la ropa y luego había que lavarla; si rompías el horrible jarrón que decoraba (por decirlo de manera fina) el hall de tu casa con el balón, te llevabas una reprimenda “porque era un regalo de la tía [poner aquí el nombre de tu tía preferida]”; si el número que aparecía al lado de cada asignatura no era demasiado alto con respecto a un patrón predeterminado, te caía un chaparrón de campeonato, aderezado con comparaciones odiosas del tipo: “mira Fulanito, con lo tonto que es, cómo ha sacado un diez en Matemáticas y tú no llegas ni al cinco”.

Suspenso en Matemáticas

Todo esto se queda grabado a fuego en el subconsciente y cuando llegamos a adultos la cosa no mejora, va a peor. Por ejemplo, cometer un error en tu trabajo puede llevarte al despido. No entro a debatir si eso es bueno o malo. Depende de si ese trabajo te llena o no, si es una carga para ti o no. No obstante, la realidad actual es esa: puedes perder tu trabajo por un mísero error.

Cometer errores es humano, eso lo sabemos todos. Pero, por otra parte, estamos programados desde infantes a evitar cometerlos. Entonces, ¿no somos humanos? ¿En qué nos hemos convertido? Esa es la paradoja de las paradojas, la que nos conduce a una ansiedad crónica por ser el profesional más perfecto y eficiente (una quimera), por ser el amante cariñoso en la calle y salvaje en la cama (una quimera), por que la ropa se ajuste a nuestro cuerpo como un guante y todos se queden boquiabiertos al vernos pasar (una quimera)…

Errar, además de humano, es necesario para evolucionar como especie y como sociedad. ¿O acaso te piensas que todos los avances tecnológicos que disfrutamos ahora se construyeron a la primera?

Pues no, la vida no funciona así.

Para que una idea llegue a convertirse en algo real, es necesario cometer infinidad de errores, o también llamados pruebas, para aprender de ellos e ir depurando esa idea poco a poco, hasta llegar a crear algo físico, tangible. A este método se le llama ”ensayo-error” en el argot científico y tecnológico.

Errar no solo es válido para avanzar tecnológicamente, también lo es para avanzar como seres con alma que somos, para que nuestro espíritu fluya sin bloqueos inventados y falsos axiomas. El río no se detiene si se encuentra una piedra entorpeciendo su camino, la ignora si es pequeña y la rodea si es grande.

Para finalizar, te propongo una cosa: sé más humano.

“¿Cómo?”, te preguntarás.

Muy fácil. Sigue estos tres pasos:

  1. Cuando creas que alguien comete un error, no lo juzgues. Piensa que, en realidad, es tu percepción la que cataloga ese acto como un error. Tal vez esa persona no lo vea así y si, en efecto, lo considera un error a posteriori, dale la enhorabuena: acaba de aprender una gran lección.
  2. No critiques ni menosprecies a las personas que cometen errores. Recuerda cómo te sentiste al comprobar que habías metido la pata y todos tus compañeros de clase se reían de ti, cuando el profesor te preguntó, “¿en qué año se descubrió América?” y tú respondiste con seguridad, “en 1942”.
  3. ¡Yerra! Porque Errare humanum est

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