CONFÍA EN TU HERMANO, DESCONFÍA DE LOS ENTES

Vídeo

Confía en mí como yo confío en ti

Óscar Gavilán

Si tienes algún problema, ¿a quién es más lógico acudir, al ser humano que tengas más cerca (vecino, amigo, familiar, pareja…) o a un estamento no físico que, supuestamente, está para ayudarte?

En este vídeo te planteo una reflexión: recuperar esa conexión que una vez tuvimos los seres humanos con las personas de nuestro alrededor y dejar de confiar tan ciegamente en entes inmateriales y difusos tales como gobiernos, estados, sociedades, empresas, medios de comunicación… Al fin y al cabo todos estos estamentos nombrados y muchos más no son más que definiciones abstractas de algo inmaterial, de algo no palpable, de algo irreal.

Confía en otros seres de nuestra especie y así conseguirás la plenitud que siempre has anhelado.

EL MORBO VENDE

Hoy, mientras paseo tranquilamente con la perrita, os hablo de la dificultad que entraña para los que nos dedicamos a grabar vídeos para la gente encontrar temas interesantes que tratar, sin que sean morbosos o de mal gusto. Es evidente que el morbo vende y eso se suele utilizar mucho para conseguir audiencia, cosa que dice muy poco sobre la especie humana,

Hay youtubers que utilizan ese morbo del que hablo para alcanzar el éxito con más facilidad y eso es respetable, por supuesto, pero criticable a mi modo de ver. Estas personas no son conscientes de la responsabilidad ética y moral que tienen al exponerse al público, por lo que deberían tener cuidado con los temas de los que traten.

Sin embargo todo eso va a cambiar… El morbo va a desaparecer de esta sociedad y tú vas a ayudar a ello.

Al final de este vídeo os comento nuevas actualizaciones de la maquetación de mi nuevo libro «Adivina qué va a pasar», proyecto en el que estoy centrado y comprometido al 100% para conseguir que el resultado final sea excelente y estoy seguro de que así lo vais a sentir cuando adquiráis vuestros ejemplares. Muy pronto saldrá a la venta, así que estad atentos a esta web oskartel.com porque aquí os iré comentando el proceso de publicación y las novedades respecto a la nueva novela.

Charlando con vosotros 3-1-21 ¡FELIZ VIDA NUEVA!

En esta ocasión hago una reflexión importante, avalada por una experiencia personal

No nos dejemos llevar por nuestras creencias y evitemos a toda cosa enfrentarnos a nuestros seres queridos, porque eso es precisamente lo que se está fomentando en la situación actual que vivimos.

Óscar Gavilán

Y,como siempre y para siempre, os invito a que os iluminéis y os améis mucho, para así poder iluminar y amar a los demás y, de una vez por todas, crear el mundo que nos merecemos.

¡Feliz vida a todos!

[VÍDEO] PROPUESTA: dedica un día a interesarte de corazón por los demás

Deja tu ego en paz por una vez y dedica UN DÍA, SOLO UN DÍA por semana a INTERESARTE DE CORAZÓN por los demás.

Tal vez así consigamos un mundo mejor.

Charlando con vosotros 6-8-20 ENERGÍA HUMANA

Hoy hablo de la energía que emitimos los seres humanos y de la potencial capacidad de sanar y enfermar a otros entre otros muchos temas interesantísimos.

 

¡Sorpresa, sorpresa!

Imagen

Escribo este texto en primavera, época en la que los niños suelen tomar la Primera Comunión, ritual católico y tradición arraigada en el territorio donde vivo. Tras la liturgia correspondiente, donde los niños reciben el Cuerpo y la Sangre de Cristo, según el rito católico para el cual se han estado preparando durante horas de asistencia a Catequesis, los comulgantes disfrutan de una gran fiesta repleta de otros niños con los que juegan, de los padres de esos niños que asisten gustosos al convite y de familiares del mencionado comulgante. Todo es idílico y fantástico, todos disfrutan del día en buena lid.

Todos menos los comulgantes.

No hace mucho asistí a uno de estos acontecimientos y descubrí algo que me heló la sangre: el gesto de la comulgante (era una niña) al abrir los regalos que le habíamos llevado se mantuvo impertérrito, parecía como si el tema no fuese con ella.

Esa actitud me hizo cuestionar varias cosas: ¿para qué se hacen regalos que no emocionan?, ¿a los niños ya no se les puede sorprender?, ¿la emoción se está extinguiendo?, ¿estamos creando futuros adultos insensibles?

Hace tres o cuatro décadas, los que éramos niños entonces, esperábamos con impaciencia los días señalados, como por ejemplo el de la Primera Comunión que acabo de comentar, con ansiedad, porque sabíamos que “algo nos iba a caer”, pero desconocíamos qué y cuando desenvolvíamos el paquete lo hacíamos con avidez, deseosos de descubrir qué se escondía debajo de ese embalaje tan colorido. Con independencia del valor monetario del regalo, teníamos la capacidad de valorar la intención del regalo y lo agradecíamos de corazón.

Aquella era una sensación muy bonita, muy humana, tanto para el receptor como para el donador del regalo.

Llegados a este punto yo me pregunto: ¿los niños de hoy en día conocen esa sensación, conocen la sensación del millón de mariposas volando todas a la vez dentro del estómago? A juzgar por lo que te acabo de contar, no lo parece. ¿Qué ha pasado?, ¿por qué no disfrutan de los regalos?, ¿tal vez porque reciben tantos que ya no los valoran? Es posible. ¿O quizás la razón estriba en que ellos ya saben de antemano lo que van a recibir? También es posible. Y la pregunta del millón, escalofriante sin duda: ¿estamos los adultos deshumanizando a los niños, llenándolos de regalos que no les motivan?, ¿para qué hacemos eso?, ¿para alimentar nuestro propio ego a costa de anular poco a poco la sensibilidad de nuestros niños?

Esta sociedad enferma ha creado la norma no escrita de saturar a los niños de cosas inútiles, que no les motivan, ni les aportan conocimiento valioso, ni les sorprenden, cosas que solo sirven para regocijo del adulto, para afianzar su estatus ante los demás adultos, para ensalzar su ego de adulto.

Tal vez ya va siendo hora de regalar menos y sorprender más.


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Egoísmo solidario

El ser humano es egoísta, eso es innegable y más en la sociedad actual, que fomenta la auto adoración y el placer individual e inmediato por encima de todo y de todos.

El egoísmo es contradictorio. Por un lado, lo tomamos como algo insolidario, como algo malvado, sin darnos cuenta de que todos los seres en el fondo solo nos tenemos a nosotros mismos, porque si no existiéramos ¿cómo podríamos ayudar a los demás?, ¿Cómo podríamos amar? Sería imposible. Así que es natural ser egoísta.

Todo ser vivo tiene que ser egoísta para sobrevivir. Lo primero que hacemos al nacer es llorar. Lloramos porque nos encontramos de repente en un mundo desconocido y hostil, donde ya no sentimos el cálido fluido que nos protegía y nos mecía. Nos sentimos abrumados ante tantos estímulos extraños que nos hacen temer por nuestra supervivencia. Por ello pedimos ayuda y lo hacemos de la única manera que conocemos: llorando. El egoísmo nos salva la vida nada más nacer.

El concepto de egoísmo no está bien orientado. Lo vemos como un pozo sin fondo, donde podemos verter toda clase de experiencias vitales que nos produzcan satisfacción personal, sin pararnos a pensar que, en realidad, es como un vaso. Todo vaso tiene una capacidad limitada. No podemos llenar un vaso de media pinta de cerveza echándole una pinta, se derramaría y se perdería buena parte de la bebida. Con el egoísmo pasa igual. Primero hay que llenar nuestro vaso hasta su capacidad máxima y luego hay que vaciarlo para después volverlo a llenar de nuevo. Y ahí entra el concepto más altruista del egoísmo. Una vez llenado el vaso, debemos vaciarlo en los vasos de los demás y, a su vez, los demás harán lo mismo con nuestro vaso y con el de otros, a medida que ellos lo llenen, dentro de un círculo eterno de egoísmo solidario.

Es bien sabido que cuando ayudamos a otras personas, cuando le prestamos nuestro apoyo, cuando amamos sin reservas y lo hacemos desde lo más profundo de nuestro ser, nos embarga una sensación de bienestar muy placentera y agradable. Es decir, nuestro ego se fortalece y se expande de forma inconsciente al actuar de modo altruista, por tanto, en el fondo, ayudamos a los demás para alimentar nuestro egoísmo y eso está bien, siempre que sea egoísmo solidario, siempre que no desbordemos nuestro vaso.

Así que, ¡seamos egoístas solidarios!


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Modelos de juventud en una sociedad envejecida

Imagina que caminas por las calles de cualquier ciudad del mundo. Mires donde mires, te encontrarás infinidad de jóvenes de facciones hermosas, con cuerpos perfectos y sonrisas encantadoras que te ofrecerán la felicidad absoluta si compras tal o cual maravilloso producto. Están por todos los lados: en carteles, en pantallas gigantes expuestas en escaparates, en las pantallas más pequeñas que llevamos en nuestro bolsillo… Una juventud rebosante de energía y positivismo que te incita a comprar ese increíble coche o ese fantástico Smartphone o a reservar ese maravilloso viaje a tierras paradisíacas donde encontrarás más jóvenes hermosos muy parecidos a los del anuncio.

Vamos, un auténtico harén.

Sigues caminando ensimismado en ese ensueño, pero si, por casualidad, te da por levantar la vista del suelo y observar a tu alrededor, te darás cuenta de que esos bellos jóvenes no aparecen por ningún lado. Solo ves gente entrada en años, de aspecto normal e incluso poco agraciado, nada que ver con el canon de belleza que aparece en todas partes, que llevas grabado a fuego en lo más profundo de ti. ¿Dónde están esas jóvenes bellezas que aparecen en los carteles de publicidad? ¿No se supone que deberían estar por todos los lados?

ViejoLa publicidad que recibimos cada segundo de nuestra vida es contradictoria con la sociedad real, palpable. Cada vez hay menos gente joven, cada vez nacen menos niños, pero nos inculcan la ilusión de que la juventud es lo que impera, es lo normal. Asociamos juventud con belleza y, por qué no decirlo, con sexo. ¿A qué persona entrada en años no le gustaría tener un affair con alguien joven y hermoso? El sexo es una energía muy poderosa, tal vez la más poderosa del universo y damos por sentado que el sexo más placentero ha de ser con personas muy jóvenes, de pieles suaves y cuerpo firme, cosa que no tiene porqué ser cierta. Al menos eso es lo que hemos absorbido debido al bombardeo publicitario que nos ha acompañado durante toda nuestra vida, porque nuestra vida ha sido moldeada por la publicidad.

Piénsalo.

Por cierto, ¿qué es la juventud? ¿Cómo podemos definirla? ¿Tener veinte años es ser joven? Si le preguntas a un niño de diez años te dirá que no, que es un viejo. ¿Haber cumplido sesenta años es ser viejo? Si nos centramos solo en la parte física, hace cuatro o cinco décadas sí, ya que las personas no disponían de la calidad de vida actual, los trabajos eran mucho más físicos y eso deterioraba sus cuerpos con rapidez; sin embargo en la actualidad una persona de sesenta años se mantiene mucho más vigorosa y “joven”, así que no se considera “vieja”. Con respecto a la mentalidad, una persona de ochenta años puede tener una actitud mucho más juvenil que una de veinte. En conclusión, no podemos definir con claridad qué es ser viejo o joven, no solo depende de la edad, depende de muchos otros parámetros, tales como calidad de vida, tipo de trabajo, actitud, mentalidad y un largo etcétera.

Sociedad envejecida

Entonces, ¿qué sentido tiene promocionar una sociedad envejecida con personas de edades muy inferiores a la media? ¿No es una contradicción? ¿Por qué lo hacen? ¿Lo hacen para que nos deprimamos cuando nos miremos al espejo y veamos que no tenemos esa tableta de chocolate o esos pechos turgentes o esa sonrisa de dientes perfectos y blancos o esa piel radiante y sin manchas y salgamos corriendo a comprar el primer producto mágico que nos prometa la “juventud” eterna e inmediata?

Esto sí que es un misterio, y no el origen de las pirámides de Egipto.


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Nada cambia

La afirmación del título de este post puede que te sorprenda. La sociedad ha cambiado mucho en muy pocos años, eso es cierto. ¿Quién no tiene un teléfono móvil en su bolsillo hoy en día? ¿En qué casa no hay como mínimo una televisión? ¿Qué familia media occidental no tiene al menos un automóvil a su disposición? La tecnología ha cambiado la forma de ver las cosas y el modo de actuar en muchos aspectos de nuestras vidas.

De acuerdo, la forma ha cambiado, pero ¿ha cambiado el fondo?

Nada cambia

La sociedad actual se miente a sí misma. Pensamos que tenemos una mentalidad más abierta, que ya hemos superado todos aquellos años oscuros de represión y resulta que están volviendo a resurgir radicalismos que creíamos olvidados y que seguimos venerando a los mismos dioses y las mismas tradiciones, en algunos casos absurdas y perniciosas para nosotros mismos o para otros seres. Nos creemos que ya hemos conquistado la verdadera libertad de expresión y resulta que si comentas o te informas sobre, por ejemplo, alguna de las guerras mundiales o genocidios masivos que ocurrieron no hace tantos años o si buscas ciertos nombres por Internet, tal vez tengas problemas con la ley. Damos por sentado que tenemos la libertad de hacer lo que nos venga en gana cuando queramos, sin darnos cuenta de que estamos “orientados” por el continuo e intenso bombardeo de publicidad, tanto directa como subliminal, por parte de las mega empresas que todo lo abarcan y controlan. Pensamos que podemos movernos a cualquier sitio de esta hermosa tierra en la que vivimos sin pararnos a pensar que siguen existiendo fronteras que limitan territorios, fronteras artificiales diseñadas con fines desconocidos para nosotros, los simples mortales, fines que no nos benefician, me temo. Pensamos que vivimos en una época en la que las redes sociales nos permiten estar más unidos que nunca en la historia. Eso no es del todo cierto, solo estamos más conectados, no más unidos. Es más, estamos más aislados; ya que apenas interactuamos persona a persona, cara a cara, sin aparatos electrónicos de por medio, solo veneramos avatares irreales en pequeñas pantallas LCD y nos destrozamos el cuello de paso. Pensamos que vivimos en la era de la conquista del espacio y resulta que ni nos enteramos de que existen las estrellas en el firmamento porque ya no las miramos, entretenidos alimentando nuestra chepa con los móviles.

En el fondo, nada ha cambiado.

MiedosSeguimos teniendo miedo al futuro, adorando al dinero y a la riqueza material, censurándonos a nosotros mismos y permitiendo que nos censuren. Seguimos creyendo lo que nos dicen las personas que llevan corbata y que aparecen en una pantalla, sin contrastar la información, es más cómodo creer a ciegas una mentira que esforzarse por buscar la verdad. Permanecemos encorsetados en paradigmas y dogmas rancios que no nos permiten evolucionar como los seres avanzados que se supone que somos. Continuamos sin entender de qué va esto de vivir. Aún desconocemos qué es la felicidad, a pesar de nuestra obsesión por conseguirla. Tampoco sabemos identificar lo bueno que nos da la vida y disfrutarlo plenamente, ni aceptar lo malo.

No somos muy diferentes de nuestros ancestros, como ves.

Evolucion


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Todo es cuestión de fe

Cuando los despertamos por la mañana, tenemos fe en que saldrá el sol. No sabemos si en realidad existe una esfera enorme de helio que nos da calor en algún lugar del Universo como siempre nos han enseñado en la escuela, pero lo damos por sentado, no dudamos que es verdad. Tenemos fe en que el sol existe, a pesar de que nadie ha estado allí para atestiguarlo. Cuando nos levantamos por la noche y vamos al baño a orinar, tenemos fe en que se encenderán las luces, no dudamos de ello, a pesar de no saber qué es la luz ni cómo se produce, si es que se produce. Y si no se encendieran, llamaríamos al técnico a la mañana siguiente, dando por sentado que existe alguien con conocimientos suficientes para solventar el problema. Tenemos fe en el técnico.

Y así podríamos continuar con todo lo que percibimos y experimentamos en nuestra vida. Incluso tú ahora mismo tienes fe en mí, tienes fe en que hay una persona detrás que ha escrito este texto, a pesar de que no me hayas visto hacerlo, de que ni siquiera sepas si existo o no, pero tienes fe.

bola de cristal

Cuando somos bebés, lloramos porque tenemos fe en que alguien nos atenderá. No lo sabemos con seguridad, no tenemos pruebas, pero tenemos fe en ello. Cuando nos enamoramos, creemos que es el sentimiento más maravilloso del mundo, sin haber experimentado el resto de sentimientos que existen para poder comparar y afirmarlo con rotundidad, pero tenemos fe en el amor. Las amistades también son actos de fe. Confías en tus amigos porque crees que no te fallarán, a pesar de no disponer de pruebas que lo confirmen. Tal vez siempre hayan estado ahí ayudándote hasta el momento presente, pero no tienes una bola de cristal para predecir el futuro, solo tienes fe. Lo mismo puede suceder con tu enemigo. Tienes fe en que va a intentar hacerte la vida imposible, porque hasta este momento siempre lo ha hecho y das por sentado que así será.

fe religiosaEl ejemplo más claro de fe son las religiones, las cuales viven y se retroalimentan de esa misma fe que producen en la gente, mostrando una serie de pautas a seguir escritas en las hojas de un libro denominado sagrado. En realidad no sabes quién lo ha escrito, ni por qué, ni si está basado en hechos reales, pero tú tienes fe en esas escrituras. No has visto al autor con la pluma en la mano escribiéndolas, pero tienes fe, lo crees sin género de dudas, incluso, en casos extremos, darías tu vida o sacrificarías la de otros por defender lo que ahí se menciona. Tal vez ni siquiera las hayas leído, pero tienes fe en la palabra de alguien con autoridad en la materia que te lo cuenta en cada homilía. No tienes la certeza de que lo que ese emisario dice esté acorde con las escrituras sagradas en las que depositas tu fe, simplemente tienes fe en que sus palabras reflejan lo escrito en ese libro sagrado.

Como vemos la fe se puede desdoblar en múltiples direcciones. La fe es como un árbol, solo vemos el tronco, las ramas que se forman en él y las hojas que crecen en las ramas, sin darnos cuenta de que el origen de todo lo que vemos no es el tronco, son las raíces, las cuales no vemos porque están ocultas bajo tierra.

Por otro lado, es curioso observar que la sociedad cree lo que dice una persona con poder sin cuestionarla. Lo vemos todos los días. No es lo mismo que te diga un economista reputado con muchos años de experiencia que la economía de un país está sana que te lo diga el presidente de ese país, a pesar de que no tenga la formación adecuada. Tú en realidad no tienes pruebas de peso para creer a uno o a otro. ¿A quién creerías?

Pon la mano en el corazón y contesta.

Además, si te das cuenta, la fe en un mensaje se potencia mucho más si se envía desde algún medio de comunicación de masas que si se comenta en una reunión informal con cuatro amigos. El mensaje es el mismo, sea verdad o no, pero la intensidad de fe que florece en las mentes de las personas no es la misma en un caso y en el otro.

fe y poder

Por lo tanto, la fe parece crecer a medida que el poder de esa persona o entidad es más grande y también a medida que el mensaje se difunde de manera masiva. Da la sensación de que la fe nace del poder y se alimenta de la acumulación de fes.

En conclusión: ¿qué es la fe?, ¿fe equivale a verdad?, ¿podríamos existir sin fe?

Tengo fe en que puedas aclarar mis dudas.


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¿Para qué serviremos los humanos cuando la IA lo haga todo?

¿Te acuerdas de aquel pequeño robot de ojos saltones tan majete, que se dedicaba a gestionar los residuos que el ser humano había acumulado durante años? El personaje al que me estoy refiriendo no es ni más ni menos que Wall-E, el protagonista de la película de animación homónima de Pixar, estrenada en 2009. Una película a un tiempo tierna y dura, ambientada en una sociedad del futuro, donde los seres humanos han pasado a ser algo parecido a masas informes, orondas e inservibles, postradas en sillones y alimentadas por un batallón de robots dotados de Inteligencia Artificial (IA). Si no la has visto, te la recomiendo, no tiene desperdicio entre tanto desperdicio (nótese la ironía).

Tal vez pienses, “¡Qué exagerado! ¡Eso no va a pasar! ¡Solo es una película de ciencia ficción!”.

Sí, lo es.

Pero también fue ficción en su momento “De la tierra a la luna”, de Julio Verne, publicada en 1865 y ciento cuatro años después, los estadounidenses se proclamaron como los primeros seres humanos en pisar nuestro querido satélite. Solo piensa que si tu bisabuelo, por causas desconocidas, volviese a existir en la actualidad, se moriría de nuevo al ver a miles de personas hablándole a un aparato rectangular de medio centímetro de grosor. Su mente explotaría, a buen seguro. Si seguimos la lógica, ¿quién nos dice que no vivamos en una sociedad similar a la que se nos presenta en la película “Wall-E” dentro de unas pocas décadas?

Un indicativo de que por ahí van los tiros se encuentra en los avances dentro de las investigaciones en el campo de la IA, la Inteligencia Artificial. La IA no consiste solo en ampliar el poder computacional de una máquina para hacer cálculos cada vez más complejos cada vez más rápido. Va mucho más allá. Se pretende conseguir (o quizás ya se haya conseguido) que las máquinas tomen decisiones lógicas, que resuelvan problemas sin la intervención humana  e incluso que aprendan por sí mismas. Mientras no toquen el tema emocional, todo bien, pero… ¿qué pasará cuando tengan emociones y sentimientos? ¿Qué pasará cuando adquieran conciencia de sí mismas?

robot con conciencia

A día de hoy se está investigando en el campo de la IA y se están consiguiendo avances increíbles. Ya existen tecnologías capaces de, a partir de un texto introductorio al azar, desarrollar una historia con su trama y desenlace, construida con frases semánticamente correctas, bien estructuradas, congruentes y, por si fuera poco, con ciertas dosis de lo que podríamos considerar “imaginación”.

Y eso no es todo, también se están investigando tecnologías capaces de traducir textos de un idioma a otro, hacer resúmenes de textos extensos y  responder preguntas relacionadas con un texto previo, todo ello de forma automática, sin ninguna tipo de acción humana, algo impensable hace solo una década.

¿A dónde nos lleva todo esto? ¿Vamos a acabar postrados en un sillón, comiendo hamburguesas y bebiendo refrescos, mientras los robots nos limpian el culo, emulando el mundo distópico de Wall-E? ¿O quizás nos fusionemos con ellas, pasando a ser humanos 2.0? ¿O tal vez convivamos en prefecta armonía?

La IA nos va a facilitar la vida a un nivel inimaginable, pero ¿para qué necesitamos que la vida sea tan fácil? ¿Qué sentido tendrá existir, si no vamos a tener ningún aliciente, ninguna traba que fuerce a nuestra mente y nuestro corazón a buscar opciones?

Por otro lado, ¿podremos controlar, de alguna manera, el proceso de avance de la IA o será ella, en el futuro, quién nos controle a nosotros?

Tal vez ya lo esté haciendo.

terminator


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¡Quiero cometer errores!

¡Quiero cometer errores!

¡Quiero equivocarme sin que la gente me mire extrañada, como si tuviese monos en la cara!

¡No quiero sentirme frustrado cuando hago algo que se sale de lo que se establece como correcto según unas normas no escritas grabadas en el inconsciente colectivo!

¡No quiero pasarme la vida obsesionado por alcanzar una perfección ilusoria, que nunca llega!

¡Quiero cometer errores!

¡Quiero cometer errores!

Desde que asomamos la cabeza por la vagina de nuestra madre nos han enseñado que errar es malo, algo que se debe evitar a toda costa. Si te caías en el parque jugando con otros niños, te reprochaban porque te ibas a manchar la ropa y luego había que lavarla; si rompías el horrible jarrón que decoraba (por decirlo de manera fina) el hall de tu casa con el balón, te llevabas una reprimenda “porque era un regalo de la tía [poner aquí el nombre de tu tía preferida]”; si el número que aparecía al lado de cada asignatura no era demasiado alto con respecto a un patrón predeterminado, te caía un chaparrón de campeonato, aderezado con comparaciones odiosas del tipo: “mira Fulanito, con lo tonto que es, cómo ha sacado un diez en Matemáticas y tú no llegas ni al cinco”.

Suspenso en Matemáticas

Todo esto se queda grabado a fuego en el subconsciente y cuando llegamos a adultos la cosa no mejora, va a peor. Por ejemplo, cometer un error en tu trabajo puede llevarte al despido. No entro a debatir si eso es bueno o malo. Depende de si ese trabajo te llena o no, si es una carga para ti o no. No obstante, la realidad actual es esa: puedes perder tu trabajo por un mísero error.

Cometer errores es humano, eso lo sabemos todos. Pero, por otra parte, estamos programados desde infantes a evitar cometerlos. Entonces, ¿no somos humanos? ¿En qué nos hemos convertido? Esa es la paradoja de las paradojas, la que nos conduce a una ansiedad crónica por ser el profesional más perfecto y eficiente (una quimera), por ser el amante cariñoso en la calle y salvaje en la cama (una quimera), por que la ropa se ajuste a nuestro cuerpo como un guante y todos se queden boquiabiertos al vernos pasar (una quimera)…

Errar, además de humano, es necesario para evolucionar como especie y como sociedad. ¿O acaso te piensas que todos los avances tecnológicos que disfrutamos ahora se construyeron a la primera?

Pues no, la vida no funciona así.

Para que una idea llegue a convertirse en algo real, es necesario cometer infinidad de errores, o también llamados pruebas, para aprender de ellos e ir depurando esa idea poco a poco, hasta llegar a crear algo físico, tangible. A este método se le llama ”ensayo-error” en el argot científico y tecnológico.

Errar no solo es válido para avanzar tecnológicamente, también lo es para avanzar como seres con alma que somos, para que nuestro espíritu fluya sin bloqueos inventados y falsos axiomas. El río no se detiene si se encuentra una piedra entorpeciendo su camino, la ignora si es pequeña y la rodea si es grande.

Para finalizar, te propongo una cosa: sé más humano.

“¿Cómo?”, te preguntarás.

Muy fácil. Sigue estos tres pasos:

  1. Cuando creas que alguien comete un error, no lo juzgues. Piensa que, en realidad, es tu percepción la que cataloga ese acto como un error. Tal vez esa persona no lo vea así y si, en efecto, lo considera un error a posteriori, dale la enhorabuena: acaba de aprender una gran lección.
  2. No critiques ni menosprecies a las personas que cometen errores. Recuerda cómo te sentiste al comprobar que habías metido la pata y todos tus compañeros de clase se reían de ti, cuando el profesor te preguntó, “¿en qué año se descubrió América?” y tú respondiste con seguridad, “en 1942”.
  3. ¡Yerra! Porque Errare humanum est

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