[VÍDEO] Para los afectados de CORONA

Este vídeo está dedicado a todas las personas que de alguna manera han sido afectadas por esta extraña pandemia que vivimos en este extraño y alocado mundo.

¡VA POR VOSOTROS!

En la era de la tecnología no tenemos ni puta idea de tecnología

Ya hemos vivido casi dos décadas del siglo XXI y la tecnología ha revolucionado la sociedad y las comunicaciones. Ahora podemos conversar en tiempo real con personas que viven a miles de kilómetros de distancia en el salón de nuestra casa, podemos hacer transacciones bancarias o administrativas fácilmente sin tener que acudir a ningún lugar físico e incluso podemos mantener una relación amorosa con alguien a quien no conocemos en persona. Esto es algo increíble e impensable hace no demasiados años.

A pesar de todo, no tenemos ni puta idea de tecnología.

Sí, así es.

A pesar de que la usamos las veinticuatro horas del día los siete días de la semana, desconocemos cómo funcionan nuestros dispositivos tecnológicos, solo los usamos de manera intuitiva y ya. Seguro que te estás preguntando: ¿para qué demonios queremos saber eso si con solo tocar una pantalla conseguimos cualquier cosa que se nos ocurra?

La comodidad mata el ansia por aprender (OsKarTel)

Tengo suerte de haber crecido en la época en que la tecnología empezaba a nacer, allá por los años noventa del siglo pasado. Los ordenadores eran enormes y lentísimos, nada que ver con los mini Smartphones súper potentes que disponemos hoy en día. La ventaja que tenían respecto a los actuales era que te permitían “trastear” dentro de las tripas del ordenador con más facilidad que en la actualidad. Recuerdo que los primeros sistemas operativos funcionaban mediante comandos de texto, la interfaz gráfica que todos conocemos no apareció hasta mucho tiempo después. Para que el ordenador ejecutara cualquier cosa, por muy sencilla que fuera, tenías que saber qué comando utilizar y su sintaxis y parámetros. Por ejemplo, si querías copiar un archivo de una carpeta a otra, algo que ahora se hace simplemente arrastrándolo con el ratón o con el dedo de un sitio a otro, debías teclear copy <ruta origen> <ruta destino> en una pantalla con fondo negro y repleta de líneas de código blancas.

Vamos, todo muy fácil e intuitivo, como puedes observar.

La ventaja de este sistema de comandos era que podías hacer pequeñas programaciones y manipular hasta cierto punto el sistema operativo, algo que te hacía aprender mucho sobre informática básica y también te hacía desarrollar una intuición especial a la hora de solucionar posibles problemas que pudieran aparecer (algo que ocurría con bastante frecuencia, por cierto).

Ahora todo es distinto. Ya ni siquiera tenemos necesidad de teclear nada, con nuestra voz es suficiente para activar los algoritmos que ejecutarán la orden que le estás dando a tu dispositivo inteligente. Muy cómodo todo, pero ¿qué pasa si hay algún problema y el dispositivo no funciona como debería?

El caos está servido.

Ya no sabes qué hacer, porque no tienes ni idea de cómo funciona tu aparato. Si supieras al menos lo básico, tal vez lo podrías solucionar en un momento (a veces lo que parece una avería irresoluble resulta ser una tontería), pero no es el caso, así que tienes dos opciones:

  1. Pagar una cuantiosa suma de dinero por llevarlo a un servicio técnico para que te lo “reparen”, donde lo más probable es que te hagan un “restaurar datos de fábrica” y, de paso, te eliminen todas las preciosas fotos y vídeos que has acumulado durante meses en la memoria interna que te ralentizan el dispositivo y que nunca miras.
  2. Tirarlo al punto limpio y pagar una cuantiosa suma de dinero por otro Smartphone nuevo que también llenarás de preciosas fotos y vídeos que te ralentizarán el dispositivo y que nunca mirarás.

Tanta facilidad de manejo embota los sentidos, esconde esa ansia tan saludable de entender cómo funciona la maravilla que tenemos en las manos. Todo esto es una enorme contradicción: consumimos una tecnología que no entendemos, ni queremos entender.

Juventud ¿divino tesoro?

Cuántas veces hemos oído aquel dicho popular que dice: “Juventud, divino tesoro”, ¿verdad?

Pero, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de juventud? ¿A partir de qué edad podemos considerar a una persona joven? ¿A los diez años? ¿A los veinte? ¿La juventud tiene una edad límite? Si es así, ¿cuál es? ¿Cuarenta? ¿Cincuenta?

La juventud es un concepto difuso, indefinido. La sociedad define juventud valorando únicamente la edad de las personas, etiquetando como “viejos” a los que superan una edad que varía dependiendo de a quién le preguntes. Nadie quiere que se le etiquete de esa manera, como si hacerse viejo fuera un estigma digno de la Pascua Católica. La sociedad se empeña en matar en vida a las personas antes de tiempo, rechazando su edad a medida que envejecen, como si pudiéramos elegir no cumplir años (bueno, podemos elegirlo, pero la alternativa quizá no nos convenza demasiado), sin darse cuenta de que el hecho de llegar a viejo es una proeza, si lo miras bien. A la sociedad le gustaría no cumplir años, estancarse en un número concreto que varía, como he comentado antes, dependiendo de cada uno. Se empecina en ser eternamente joven, en parecer una manzana verde y brillante. Eso sí, que el gusano que hay dentro no asome la cabeza, por supuesto.

Juventud, divino tesoro

Por otra parte, ¿qué hay del sentimiento joven? Me atrevo a apostar que, en algún momento de tu vida, has conocido a “viejos” con una energía y una actitud digna de un “joven” y a “jóvenes” que caminan cabizbajos, conformando una chepa que no les corresponde. Entonces, ¿la juventud solo se define por la edad? ¿O tal vez sea un estado de ánimo y una energía vital intemporal? Piensa en ello.

Juventud, divino tesoro

“Tesoro”, según la Wikipedia, se define como una concentración de riqueza perdida o sin usar. ¿Por qué consideramos a la juventud un tesoro? ¿La juventud es riqueza? Un árbol recién plantado no produce riqueza alguna, necesita la luz del sol, los nutrientes adecuados que extrae de la tierra y tiempo para crecer y convertirse en un creador de frutas o flores, en un creador de riqueza. Asimismo, una piedra preciosa como el diamante no aparece al chasquear los dedos, necesita varios millones de años para que sus moléculas de carbono conformen la estructura ordenada necesaria. Es decir, para conseguir crear riqueza, se necesita envejecer.

Me llama la atención la parte de la definición de riqueza que dice “perdida o sin usar”. Bajo ese prisma, tal vez no esté descaminado del todo este refrán. La juventud está perdida, siempre lo ha estado. Por tanto, para encontrarse necesita tiempo de búsqueda. Y el tiempo se convierte en años y la acumulación de años, querid@ amig@, se convierte en vejez. La juventud tampoco está usada por la vida, no ha tenido tiempo para vivirla, para sentirla en toda su amplitud y plenitud, que es infinita e inimaginable.

En conclusión, viejo o joven, joven o viejo, son conceptos irrelevantes que no llevan a ningún lado. Así que dejemos que el tiempo nos haga unos viejos con el espíritu joven.

Era IV (y última)

Vivimos en la era de la violencia

enmascarada por caretas de solidaridad funesta,

donde todo cuenta si la cartera se llena,

donde la mona se viste de seda,

donde la banca nos aprieta

y todos de fiesta.

Vivimos en la era de la conciencia de unos pocos

que intuyen que no es oro todo lo que reluce,

que se topan de bruces con la esencia

que todo lo une y la alimentan

uniendo sus luces eternas.

Vivimos en una era convulsa y hermosa,

que nos propulsa a nebulosas

de sabiduría y entereza.

 

¡Vivimos en una gran( )era!

Era III

Vivimos en la era de la desinformación

procesada por bytes perversos,

disfrazados de celebridades

que exaltan los deseos de ser alguien,

dentro de este rebaño de corderos.

Vivimos en la era del “todo el mundo es bueno”,

hipocresía barata, falsa

como un euro de cemento,

diluida entre selfies de demonios internos,

pixelados por la tristeza de perdernos

en mares de flaquezas.

CONTINUARÁ

Era II

Vivimos en la era de la desinformación,

Vivimos en la era de los cerebros saturados,

llena de espantos, de sexo encarnado

en adolescentes eternos,

de cuentos donde el bueno

se convierte en malo y el malo en bueno,

de Messis y Ronaldos

que en la sopa nos comemos.

Vivimos en la era de lo medio cierto,

dentro de cabezas mediocres

que dirigen cuerpos perfectos,

de postureos absurdos y burdos meneos,

dentro de videoclips abyectos,

aderezados con ritmos paupérrimos.

CONTINUARÁ

Era I

Vivimos en la era de la desinformación,

toneladas de datos por doquier

sin orden ni control,

¿cómo distinguir la verdad de la ficción?

Ecuación difícil de resolver.

 

Vivimos en la era de la información,

veraz o no, esa no es la cuestión,

lo que importa es que con un movimiento

de la mano encuentras la solución idónea

a tus problemas descafeinados,

o eso nos han contado.

CONTINUARÁ